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𝐒𝐀𝐍 𝐅𝐑𝐀𝐍𝐂𝐈𝐒𝐂𝐎 𝐄𝐍 𝐍𝐔𝐄𝐒𝐓𝐑𝐎 𝐀𝐋𝐓𝐀𝐑 𝐃𝐄 𝐂𝐔𝐋𝐓𝐎𝐒

  • 27 feb
  • 4 Min. de lectura

800 años de la muerte de San Francisco de Asís Desde que San Francisco de Asís, verdadero punto de apoyo del culto histórico a la Cruz, promoviera el culto al santo madero, los frailes del seráfico patriarca lo propagaron en todos sus conventos, donde instituyeron cofradías cuya advocación tenía una marcada significación para la Orden, como fue la de la Vera-Cruz. Conocida es la importancia que para estas corporaciones cruceras nacidas en el seno

de la familia franciscana tuvo la cruz arbórea del Árbol de la Vera (Verdadera) Cruz, leño de madera incorruptible símbolo de la Redención de Cristo y su triunfo sobre la muerte. En este contexto se fundó la cofradía de la Vera-Cruz de Osuna en el convento franciscano de Madre de Dios, en el año 1545. Como cofradía nacida en el seno de la Orden de frailes menores desde hace años viene robusteciendo su carisma franciscano a través de una serie de iniciativas, como la incorporación de la reliquia del Seráfico Padre fundador de la Orden en el relicario del Lignum Crucis o la presencia del escudo de las cinco llagas en sus enseres. Por ello, este año hemos querido conmemorar la efemérides de los ocho siglos de la muerte de San Francisco de Asís incorporar la imagen de “San Francisco penitente”, obra pertenenciente a la Hermandad que hiciera el escultor antequerano Miguel María de Carvajalla a finales del siglo XVIII.



El pabellón con palio de respeto fúnebre La imagen del Santo Ecce Homo del Portal se sitúa bajo un pabellón soportado dos estípites y las banbalinas de un paño de respeto. Esta pieza esta bordada en plata y oro sobre terciopelo negro, con galones y flequería en oro. Presenta una serie de elementos decorativos basados en ciertos modelos iconográficos definidos y claramente arquetípicos extraídos de la Antigüedad Clásica, que lo relacionan con el mundo funerario en un contexto simbólico marcadamente resurreccional. Los cuatro paños tienen un marcado eje de simetría jerarquizado por dos ramas de granado en cuyo interior se insertan ánforas funerarias en las banbalinas laterales y clepsidras aladas en las frontales. El ánfora o crátera funeraria, considerada desde muy antiguo como vinculo eterno entre el fallecido y el mundo de los vivos, en la creencia de que ayudarían al alma en su tránsito hacia el más allá, y el reloj de arena alado, alegoría de la fugacidad de la vida que se escapa, dan paso a la inmortalidad del alma y a la resurrección representadas por las granadas. Como telón de fondo un motivo iconográfico de enorme singularidad como son las llamas que menudean en el entorno de la composición. Se trata de una evocadora recurrencia al alma que alcanza la inmoralidad a través de las llamas purificadoras, lo que entronca con el culto a las ánimas benditas del Purgatorio. La cruz triunfa sobre la muerte Sobre los estípites que componen el dosel del Señor del Portal encontramos dos ángeles, uno con una calavera coronada y otro con la cruz dorada, creando una composición alegórica que simbolizaba la muerte que reinó en el mundo hasta que se consumó en la cruz la muerte salvífica de Jesucristo. La muerte venció a la muerte (Mors mortem superavit) con el triunfo de Cristo como expresión del plan redentor de Dios. Los elementos simbólicos del Señor de la Vera-Cruz Varios son los atributos que incorpora este año el Santísimo Cristo de la Vera-Cruz en el triduo penitencia, como símbolos de la Pasión y su naturaleza divina. Además de la tradicionales potencias doradas del siglo XVIII, también lleva los cubreclavos, realizados en filigrana y piedras preciosas, y la corona de espinas de plata. La sangre redentora petrificada Desde muy antiguo se creyó que el coral tenía poderes para la sanación. Por sus virtudes para restañar la sangre al favorecer su coagulación se le atribuían virtudes medicinales. Además se creía que resultaban propicios para evitar los sueños fantásticos y repeler los rayos, los torbellinos o las tempestades. A ellos se recurría también para prevenir los malos espíritus. Por su color rojo brillante tradicionalmente se vincularon con la sangre y la vida. Todas estas propiedades apotropaicas, creencias paganas y costumbres precristianas fueron recogidas por la Iglesia durante la Edad Media, cuando se representó a la Virgen y el Niño Jesús con ramas, collares o rosarios de coral rojo. A partir del siglo XVI la Iglesia sacralizó su uso y difundió su identificación con la “preciosa sangre” del redentor vertida en la Pasión. La propia forma ramificada del coral lo equiparaba a un racimo de uvas, un símil perfecto que lo vinculaba con la sangre cristífera. A partir de entonces la ramita de coral se convirtió en un símbolo eucarístico dentro de una inequívoca iconografía sobre la premonición de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. En este caso es la sangre redentora que mana de las cinco llagas del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz la que se transforman en corales que se encuentran en el entorno de la cruz. La visión apocalíptica En el Calvario, al pie de la cruz, Nuestra Señora de la Esperanza se nos presenta en un contexto simbólico que nos remite a la descripción del libro de Apocalipsis (12, 1-6). Según la visión que tuvo San Juan Evangelista en la isla de Patmos: “Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol y con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas”. La imagen de Vicente Tena Fuster aparece coronada por doce estrellas y “vestida de sol” con una ráfaga de madera dorada y policromada. El cáliz de San Juan Evangelista Uno de los atributos simbólicos del “discípulo amado” es el cáliz, que porta en la mano derecha. Se trata de una alusión a la Última Cena pero también recuerda la tradición apócrifa de origen medieval, recogida por Jacobo de la Vorágine en su Leyenda Dorada, que describe cómo Aristodemo, el sumo sacerdote del templo de Diana, le tentó con una copa de vino envenenado que, como acto de fe en Cristo, bebió y no experimento malestar alguno. Por ello, en ocasiones, de la copa sale una serpiente o un dragón que simboliza la ponzoña ofrecida.



 
 

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